Guste o no, vascos y catalanes nos sentimos diferentes. Sin embargo, la manera en cómo vivimos esa singularidad es fundamental para entender lo que nos pasa (y lo que no nos pasa). En general, los vascos no sólo se sienten diferentes sino que se lo creen hasta las últimas consecuencias. Esa, y no otra, es su razón de ser y viven de acuerdo a ello. Los catalanes, en cambio, no nos lo creemos. Andamos esquizofrénicos con el corazón catalán y la cabeza en todas partes. Queremos que nos entiendan, que nos reconozcan, que nos acepten y que nos inviten a sus fiestas. Como esto no pasa, tendemos a la depresión y al lloriqueo infantil con el agravante que las lágrimas nos empañan el sentido del ridículo. A los vascos les importa tres “pipermorroa” que los quieran o los acepten. Ya tienen bastante con sus “gatzatu”, su “txiquitos” y su Athleti.
Resumiéndolo todo en una frase: “A veces es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Por todo lo dicho no cabe duda que los vascos prefieren la primera opción mientras que los catalanes optamos por la segunda. Así nos va. Cuando negociamos con el Gobierno de las Españas (sea del color que sea) a los vascos los dan por imposibles, a los catalanes nos toman por idiotas.