Una amiga mía tiene la mala costumbre de remover las conciencias. Es cooperante y una vez al año coge el hatillo y se marcha a Etiopía a echar una mano. La última vez, hace un par de meses, se nos fue al Tigray, una de las regiones etíopes más pobres, para adecentar el Hospital de Wukro. Éste hospital es el único en la región para una población de 100.000 habitantes y ¿saben lo más sorprendente? Sólo hay 40 camas ocupadas de un total de 120. ¿Salud de hierro? ¿Dieta sana que protege de las enfermedades? ¡Por supuesto que no! Pobreza extrema, desnutrición y enfermedades por doquier. Sin embargo sólo un tercio de las camas ocupadas. ¿Quieren saber por qué? Muy sencillo, aquí todo el mundo tiene que pagarse el tratamiento mientras dura la estancia y, claro, con la crisis mundial no está el horno para bollos. Poco importa que los parásitos te recorran los intestinos, la tuberculosis no te deje respirar o el tracoma te ciegue a ti o a los tuyos. No hay dinero y sin dinero no hay ni tratamiento, ni cama ni hospital. Así andan, así sobreviven (o no).
Sólo un dato más. Durante su estancia, mi amiga tuvo la brillante idea de sustituir el Apiretal diario que les daban a los huérfanos que acudían al hospital por Mirinda diluida en agua. Se dio cuenta que los chavales sólo acudían en busca de atención. No necesitaban antipiréticos, sólo cariño. Sustituyó el paracetamol por paracetamor.
Ayer mi hijo de seis años insistió en probar su primera Fanta. Yo no cedía y el insistió. Al final se tomó un par de sorbos y dejó el resto. Yo no dejaba de pensar en las dosis que podían salir de los 300 ml que sobraron. Trescientos mililitros, diluidos a la mitad dan unas 600 dosis, 600 niños contentos como unas pascuas. Y rodeándolo todo el puto desierto etíope.
Quieren saber más, echen una ojeada a la página de
Ángel Olaran (Angeles de Wukro).